There is hope this Easter season / Hay Esperanza en este Tiempo de Pascua!

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Dear Easter People,

In 2018, as a new bishop, I wrote my first Easter letter to you. In that letter, I recalled that the Paschal Mystery is woven into the very fabric of creation: there is no spring without winter, no life without death, no Easter Sunday without Good Friday. At that time, as a diocese, we had made our own journey through the darkness of abuse and bankruptcy, and were beginning to emerge into the light of a new beginning, heeding the summons of the Holy Spirit into the unknown future that the Spirit desired for us.

Our prayer for a new Pentecost resulted in a journey of discovery and discernment: Vision 20/20. As a result, we began to experience a renewed sense of life as a diocese. The Spirit, blowing in our midst, was beginning something new! Hope was in the air!

Just as we seemed to be getting the wind back into our sails, we entered a new and prolonged Lent: the COVID-19 pandemic. I recall, all-too-painfully, celebrating the Triduum on-line, in an empty church. Yet, we found ways to pray together: as families and on-line, and in simplified liturgies when we were finally able to gather again. We were challenged to let go of personal desires and agendas, and to love our neighbor in ways we had never imagined. We were called to live the Paschal Mystery.

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It may have seemed that the Pentecost fire in our diocese, so recently fanned into life by the Spirit, was in danger of being quenched. Yet, our faith does not disappoint; we are never abandoned. The flames that appeared to be going out were brought back to life by the great gift that Pope Francis has given us: the synodal journey that we have been undertaking.

The Synod isn’t magic; it is work. Hard work. Sometimes frustrating, painful work. But, often, joyful and inspiring work! The challenges we face as a Church and as a world aren’t just going to go away. But listening to one another, and discerning together the movement of the Spirit, will bear good fruit — in God’s own time. As I noted last year: in the midst of such challenges we remain a people of hope.

Hope is a gardener’s, or farmer’s, virtue. We till the earth and plant the seeds and pull the weeds. Growth is in God’s hands. So, too, in our life as Church: we gather as community, we teach and preach, we pray and celebrate the sacraments, we go out in service and witness. Our call is to continue to faithfully journey together into the unknown future that the Spirit is preparing for us.

We do so with joy, not fear; with hope, not despair; with love, not rancor; with trust in God, letting go of agendas and the desire for control. We do so as an Easter people. Alleluia!

Sincerely in Christ,
Most Rev. Thomas R. Zinkula
Bishop of Davenport

 

Hay Esperanza en este Tiempo de Pascua!

Queridas Personas Pascuales,

En el 2018, como nuevo obispo de Davenport, les escribí mi primera carta de Pascua. En esa carta, recordé que el Misterio Pascual está muy entrelazado en el tejido mismo de la Creación: no hay primavera sin invierno, no hay vida sin muerte, no hay Domingo de Resurrección sin Viernes Santo. En ese momento, como diócesis, habíamos hecho nuestro propio viaje a través de la oscuridad del abuso y la bancarrota, y empezábamos a emerger a la luz de un nuevo comienzo, prestando atención al llamado del Espíritu Santo hacia el futuro desconocido que el Espíritu deseaba para nosotros.

Nuestra oración por un nuevo Pentecostés, resultó en un camino de descubrimiento y discernimiento: Visión 20/20. Como resultado, comenzamos a experimentar un renovado sentido de vida como diócesis. ¡El Espíritu, soplando en medio de nosotros, estaba comenzando algo nuevo! ¡La esperanza estaba en el aire!

Justo cuando parecía que estábamos recuperando el viento en nuestras embarcaciones, entramos en una nueva y prolongada Cuaresma: la pandemia de COVID-19. Recuerdo, demasiado dolorosamente, celebrar el Triduo en línea, en una iglesia vacía. Sin embargo, encontramos formas de orar juntos: como familias y en liturgias simplificadas cuando finalmente pudimos reunirnos nuevamente. Fuimos desafiados a dejar de lado los deseos y agendas personales, y amar a nuestro prójimo en formas que nunca habíamos imaginado. Fuimos llamados a vivir el Misterio Pascual.

Puede haber parecido que el fuego de Pentecostés en nuestra diócesis, tan recientemente avivado por el Espíritu, estaba en peligro de apagarse. Sin embargo, nuestra fe no defrauda; nunca somos abandonados. Las llamas que parecían apagarse han vuelto a la vida por el gran regalo que nos ha hecho el Papa Francisco: el camino sinodal que hemos venido realizando.

El Sínodo no es magia; eso es trabajo. Trabajo duro. Trabajo a veces frustrante y doloroso. Pero, a menudo, ¡un trabajo alegre e inspirador! Los desafíos que enfrentamos como Iglesia y como mundo no van a desaparecer. Pero escucharse unos a otros y discernir juntos el movimiento del Espíritu dará buenos frutos, en el tiempo de Dios. Como señalé el año pasado: en medio de tales desafíos, seguimos siendo un pueblo de esperanza.

La esperanza es la virtud del jardinero o del agricultor. Labramos la tierra y plantamos las semillas y arrancamos las malas hierbas. El crecimiento está en las manos de Dios. Así también, en nuestra vida como Iglesia: nos reunimos como comunidad, enseñamos y predicamos, rezamos y celebramos los sacramentos, salimos en servicio y testimonio. Nuestro llamado es a seguir caminando fielmente juntos hacia el futuro desconocido que el Espíritu nos está preparando.

Lo hacemos con alegría, no con miedo; con esperanza, no con desesperación; con amor, no con rencor; con confianza en Dios, dejando de lado las agendas y el deseo de control. Lo hacemos como Pueblo Pascual. ¡Aleluya!

Sinceramente en Cristo,
Rev. Mons. Thomas R. Zinkula
Obispo de Davenport


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