Testimonios que transformaron la Historia

Pintura de Caravaggio
Esta pintura de Caravaggio muestra, mediante un gesto demostrativo, cómo el apóstol incrédulo introduce su dedo en la herida del costado de Cristo, guiando este último su mano.

Por Miguel Moreno-Iberico
El Mensajero Católico

Los apóstoles vivieron un acontecimiento que va más allá de la experiencia humana y cuyo testimonio les costó más de un enfrentamiento y la vida misma. Hubiera sido fácil hablar de un robo, de un accidente o de alguna pelea de las tantas que hay; sin embargo, ellos fueron elegidos para dar testimonio de algo sobrenatural y, a la vez, peligroso.

La experiencia que todos tenemos de la vida es que esta empieza con el nacimiento y termina con la muerte. Si alguien dice lo contrario, está yendo en sentido opuesto a la experiencia de todo ser humano; y eso es justamente lo que vivieron los apóstoles: un acontecimiento que desborda la vivencia de todo mortal, un suceso que se encuentra por encima de lo natural. Por eso, se habla de una experiencia sobrena-tural.

Ellos debían manifestar a todo el mundo que aquella persona que hacía tres días murió en la cruz había vuelto a la vida; que aquella persona había resucitado. Al decir esto, se escuchaba más de una carcajada entre la gente; se les acusaba de locos, borrachos o charlatanes. No era para menos: ¿quién podría afirmar que un muerto vive? Además, ¿quién podría hacer creer cosa semejante?

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Sin embargo, a pesar del ridículo que sus propias palabras les causaban, los apóstoles no cesaron de decir y defender con firmeza lo que sus ojos vieron, lo que sus oídos escucharon y, en una palabra, lo que todos habían experimentado: la presencia de Jesús resucitado. ¡Qué experiencia tan extraordinaria!

Pero ser tratados como locos, borrachos o charlatanes les hubiera costado, tal vez, ser separados de la gente sensata o ser marginados de las actividades públicas. Su historia no hubiera tenido importancia alguna, se habría perdido y olvidado en el tiempo; pero esa no era toda la historia ni todo el testimonio que debían dar. Esa era la primera parte del mensaje; es decir, el fundamento para su segunda afirmación: que aquel que murió en la cruz y que tres días después resucitó de entre los muertos no era otro sino el mismo Mesías, el Salvador, el Redentor, el mismo Dios.

¿Por qué esta reacción tan feroz de sus oyentes? Porque, siendo fervientes religiosos judíos, no iban a permitir que alguien hablara de Dios de esa forma. Tomaban el mensaje de los apóstoles como un insulto a Dios, una blasfemia y una falta de respeto a lo sagrado. Sin embargo, los apóstoles eran tan­­- judíos y tan religiosos como sus oyentes; conocían perfectamente la Ley y amaban a Dios sobre todas las cosas. Y era justamente su amor a Dios lo que los llevaba a ponerse de pie en medio de una multitud que, ellos sabían, no iba a recibir el mensaje con agrado.

Pero ellos debían cumplir con su misión; debían ser testigos. Por eso, cuando se acercaban a los pueblos, preparaban tanto sus espíritus como sus cuerpos para empezar su misión evangelizadora. Cuando las piedras empezaban a caer, se cubrían con lo que podían y salían corriendo; pero no con el temor de no volver a entrar al pueblo, sino con la alegría de haber cumplido con su misión, la alegría de haber compartido la fe y la alegría de haber sido testigos de la resurrección de Jesús.

Es el testimonio de esa experiencia sobrenatural de los apóstoles, por la cual dieron su vida, la que nos une a todos los católicos hoy en día. Aquel que murió en la cruz ha resucitado de entre los muertos para darnos a todos la salvación. En la fe y en la alegría de los apóstoles, por lo que ellos vivieron y por lo que murieron: ¡Feliz fiesta de Resurrección!

Pronto estaremos celebrando Pentecostés: la llegada del Espíritu Santo sobre la Virgen María y los Apóstoles: el nacimiento de la Iglesia y su extensión en el martirio de los apóstoles.


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