¿Cómo tratamos a los demás?

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Por Padre Guillermo Treviño

Leí una historia / imagen en Facebook que, ya sea verdad o no, señalaba un buen punto. Esta persona llegó tarde a misa con sus hijos. Todos los miraron mientras entraban a la iglesia. Los acomodadores dijeron: “¡Ven temprano, la próxima vez!” Una persona en el banco no quería distraerse y dijo: “¡No me voy a levantar, date la vuelta!” Cuando la persona que llegó tarde se sentó, penosamente sonó su teléfono celular y el sacerdote dijo: “¡Por favor, apaguen sus teléfonos!” Fue una de las peores mañanas para esta persona.

Fr. Trevino

Nerviosos y abochornado, esta persona decidió ir al bar del lugar. Aun con los nervios, se le cayó una botella de cerveza. En el bar, todos le ayudaron a limpiar el desorden. Quiso llamar por teléfono, pero su batería estaba acabada. La persona a su lado le prestó un cargador y el camarero le ofreció ponerla en un toma corriente. El hombre les contó que había tenido una mala mañana. El que estaba a su lado, le dio un abrazo. Esta historia concluye con una pregunta: “¿A qué (lugar) crees que regresará esta persona el próximo domingo?”

Siendo honestos, y yo soy igual de culpable en esto, podemos estar asustando a los feligreses con nuestras acciones. Nosotros podemos llevar a más personas a la iglesia tratándolas con el amor, la dignidad y el respeto que merecen. No conocemos toda la historia. Mucha gente que no está en la iglesia se esfuerza mucho por llegar a fin de mes. Quizás trabajen los fines de semana. Quizás los niños tengan un torneo fuera de la ciudad. Quizás se olvidaron de los horarios de la misa. Sea lo que sea, deberíamos estar felices de que la gente se esté esforzando para asistir, aunque un poco tarde a la misa los domingos.

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En la misa, hace dos semanas, dije algo que no siempre digo: “¡Gracias por participar de la misa! Realmente significa mucho verlos aquí”. Aunque puede que lo haya pensado antes, nunca lo había mencionado. Es bueno decir cómo nos sentimos, sobretodo, cuando es bueno lo que debemos compartir. Rescatemos algunas actitudes encontradas en el bar y practiquémosla en la Casa de Dios, que es nuestra casa… nuestras iglesias.


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